No quiero curarme de ti

paisaje

 

Porque detrás de tu sonrisa esta mi cura, de esta enfermedad que no se contagia. Pensar en ti no me deja prosperar en la realidad cotidiana, ando como perdido, deshilando lo que enredamos a ratos. Si me faltas tu, el paisaje acaba en el horizonte y el sol, solamente es el sol cuando brilla en ti. Tu herencia es mi felicidad. Eres un regalo que me hace soportar los arañazos de la vida. Y ando con la mirada perdida, pasando del infierno al cielo, en un instante me revienta el pecho. Estar contigo es atrapar el infinito.

Es por esto que no quiero curarme de ti.

Todo importa

dinero

 

Aunque ya nadie conoce al vecino y que no hay quién confíe en su hermano. A pesar de que las reformas nunca se acaban, que llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada. Y lo que es peor, que estamos en manos de unos locos con carnet y lo malo, es que no hay otro tiempo que el que nos a tocado vivir. Y si es verdad que la mujer y el oro todo lo pueden, que la fe mueve montañas, que vale la pena hacerlo bien. No entiendo como dejamos que nos cocinen a fuego lento nuestras vidas, a base de un futuro que dejamos colgando de un fino hilo. Que no vemos que siempre tenemos la vida por delante. Que el hombre puede morir, pero nunca la idea. Que siempre sale el sol para todos, y que se canta con el corazón y no con la garganta. Que vale la pena enamorarse y caer de cuatro patas, soñando en el instante de un abrazo. Y aunque deje herida el tiempo, ganamos experiencia frente a la vida. Y si…todo importa.

Resplandor en la oscuridad

dona

 

Decirte “SI”. Decirte “NO”. Somos lo que somos dentro de esta locura. Yo no soy quien aparento ser y no me importa quien seas tu. Solamente me basta perderme en ti con el encanto de una nostalgia. Pero con el tiempo vendrá otro “Yo” dentro de un frágil sueño y te amará como si nunca te hubiese amado. Para buscarte después a la sombra de un café, estando solo para recordar lo que fuimos. Viviendo en solitario, a la sombra de un mundo al que le falta poesía. Abandonándome solamente en mí paz interna. Y nos volveremos a ver, para volver a ser aquello que somos. Desarmando la fragilidad del instante. Y eso no lo cambio por nada. No me quiero perder ni un minuto contigo. Para entonces, invencible, me abrazarás. Vivos como nunca, una falsa magia en el horizonte seremos. Resplandor en la oscuridad.

Sobrevivir

debajo

Hay días en la vida de un servidor que parecen pintados a betún. Y en los que soñar parece ser un delito bajo un cielo lleno de cicatrices. Y yo, fumando al lado de la ventana sin ganas de reír y guiñándole un ojo al porvenir, sin una escoba que vender. Loco por naufragar en un mar de aceras, haciendo trampas para no ganar. Un disparate de presente, viendo caer la lluvia y aprendiendo a capear el temporal. Donde la casualidad esta vestida para el desdén. Y la mentira vale más que la verdad. Creo que habrá llegado la hora de vender mi alma a Satán, quemar las naves de la esperanza. Demasiada sed para tan poca agua. Cansado de remar a contra-corriente, cansado de esperar la verdad y llegará el momento de darle la razón a la duda. Elegir galopar fuera de esta cárcel de hormigón para mi destierro. Sin orgullo ni moral, solamente poder dormir sin tener que llegar a discutir con la almohada. Aprendiendo a envejecer. Sin escuchar al niño que llora al otro lado del espejo. Y menos mal que el destino me ofrece una manzana en forma de mujer. Y entonces, la vida se luce y pone delante de mí un caramelo. Y tal vez…sobrevivir.

Lisboa

lisboa

 

Me lo habían dicho por activa y por pasiva. Que me iba a gustar. Y realmente, me gustó. Miento. Me encantó. Lisboa es aquella ciudad tranquila pero que rebosa un equilibrio entre el ajetreo y la vida. Dónde los barrios importan tanto (o más) que el centro. Donde el mestizaje es un encanto añadido, que junto a los edificios de colores vivos y los tranvías, le dan un aire casi tropical. Donde el tiempo se detiene a escuchar un fado en una terraza. El empedrado de las aceras, las paradas de metro con su propia temática, los monumentos y los elevadores como el de Santa Justa, que saluda al castillo de San Jorge desde su atalaya. Y la gente, amable, cordial, sin ninguna mirada desdeñosa hacia el visitante, sino que rebosa cortesía. Abierta al mar por la desembocadura del Tajo, no le tiene que extrañar a uno, que se lanzasen a buscar nuevos retos y fortuna por los mares. Invita a hacerlo. Música por las calles, terrazas que invitan a tomar un Tango (cerveza con grosella, buenísima), bacalao, sardina…He de volver. Volveré. Ya que como decía un gran poeta portugués, Fernando Pessoa :

“Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.”